Una de las cosas más espeluznantes que me toco presenciar durante mi infancia y parte de mi juventud, fue la guerra propagandística y bélica entre Rojos y Rayados, pero es que era gracioso oír a sus seguidores hablar de cómo iba a cambiar nuestro estilo de vida si sus colores gobernasen el Perú.
Yo me imaginaba, dentro de mi mundo interior que si los rayados llegaban a Palacio de gobierno todos nos vestiríamos como Tony Manera (Huachafaso), el de Fiebre de Sábado por la noche, y si llegase el grupo Rojo todos tendríamos puestos Boinas, tipo el Che, y portaríamos un librito de el Capital de Marx, debajo del hombro y todos marcharíamos al ritmo de una marcha Maoísta (el deshueve).
Pero, Carajo, la verdad solo queríamos jugar al fútbol hasta las doce de la noche con el permiso de nuestros viejos y escuchar a Indochina o Prisioneros en nuestros mini componentes. Si uno de esos dos grupos ideológicos nos hubiese prometido esas medidas, al toque se hubiera ganado a toda la “Chibolada” de mi generación. Pero, al parecer les faltaba el sentido común de nosotros, y se dejaban manipular por Moscú o Washington como empleadillos.
Por eso es que Abimael y Vargas Llosa no ganaron, ni creo que lo hagan, porque nos han jodido la vida por más de quince años, con su “guerrita de ideas” que nos costo a todos, no solo a los andinos, los de Lima fuimos victimas de sus estrategias y nosotros como alumnos de un colegio Nacional no respetábamos a algún profesorcito que hubiese querido lavar la cabeza a todos, porque como dice Don Miguel de Unamuno: “La Disciplina termina allí donde comienza la Conciencia” y nosotros teníamos la nuestra.
Que sirva como ejemplo, esta anécdota, porque con la niñez y la juventud, no se puede jugar políticamente, nosotros teníamos un poder más estruendoso que la guitarra de Tom Morello, y esa es la bellísima Imaginación y en nuestro mundo nadie se podía meter ni Reagan, ni Pinochet, ni Marx , ni ningún despistado de aquí o de más allá.